1. ¿Quién es Félix Calvo ?
Desde hace muchos años. De pequeño me procuraba mis propias historias, auténticos dramones, con los G.I. Joe; de hecho, casi siempre jugaba en silencio porque me daban vergüenza las películas que me montaba. A escribir, lo que es escribir, creo que empecé en el instituto, con toda la intensidad que nos dan las hormonas. Recuerdo un relato bastante lamentable que presenté a un concurso. Como supongo que cualquiera a esa edad, era bastante intensito y torturado.
Pero ya en serio, a escribir esta primera novela, aunque llevaba muchos años arrastrándola, comencé el año pasado porque estaba viendo que se me pasaba el arroz escribiendo para otros como periodista.
El germen original surge hace muchos años, durante un viaje por Europa en Interrail con mi amigo Fede. Como éramos dos gansos no organizamos nada y, aunque tuvimos que dormir varias veces en la calle, lo peor fue haciendo noche en Calais. Entramos en un hotel terrible, de película de terror, con un hombre muy extraño en recepción. Al subir a la habitación descubrimos que la puerta no se cerraba, no tenía pestillo, así que pasamos la noche entera mirando el techo, esperando a que entrase a beberse nuestra sangre. Aunque a esa edad igual le hubiera sentado mal, claro.
Luego la idea dio muchas vueltas y pasó por muchos lugares, desde una universidad americana hasta un despoblado en Guadalajara, antes de terminar en Las Palmeras, que es el pequeño pueblecito real en el que veraneaba de niño y al que volví de mayor. De pequeño, con todo el tema de la Ruta del Bakalao, me recordaba, salvando las distancias, a Santa Carla, el pueblo de Jóvenes Ocultos, y de ahí surgió la chispa final.
A nivel paranormal, gran parte del conocimiento me viene de memoria por afición. De hecho, una reseñadora me señaló un gazapo que ya he podido corregir sobre la historia del origen de las psicofonías: pensaba que el descubridor había escuchado la voz de su padre y resulta que era la de su madre. Luego el padre Agustín Calmet o Montague Summers son lecturas que tengo en mi biblioteca; y, en el caso de la historia de las Carmelitas, buena parte es personal porque mi padre era su médico.
En la parte alcarreña, Villanueva de la Torre, que es el pueblo donde transcurre la trama de 2020, fue el primer municipio para el que trabajé como periodista. La Ruina, de hecho, está inspirada en un edificio de una promoción de viviendas en la que también trabajé como gestor de redes durante los años duros de la crisis inmobiliaria. Y ahí sigue en pie. Luego están Pozo, Sacedón y Brihuega, que también son importantes en la historia y, además de ser muy bonitos, son los pueblos para los que trabajo.
En Valencia, Las Palmeras es un lugar real, una pedanía de Sueca muy tranquila y familiar; la iglesia, la ermita... todo son localizaciones reales, mezcladas con recuerdos de mi infancia, como las cabinas o la tienda de plásticos. La final del Mundial la he visto este año en el propio Redo, el bar donde trabaja Cande, uno de los personajes.
Finalmente, en Cullera me fui encontrando las localizaciones por azar. Un día tuve que ir a buscar una lavandería porque mi perrita, que era un cachorrete, se había meado en unas sábanas y, de camino, me llamó la atención una ermita en lo alto de un montículo. Buscando su historia me encontré por error con el azud y el Molino de la Marquesa y supe que ahí era.
Nacho y Sergio están inspirados en mis amigos de allí, de cuando era pequeño, así que les tengo mucho cariño, pero te diría que Chimo, porque empezó más como una broma sobre Chimo Bayo que pensaba incluso borrar en posteriores revisiones. Pero, según fue avanzando la historia y descubrí su relación con Cande, me fue ganando.
Digo "descubrí" porque muchas cosas me las encontré según escribía, así que como escritor también me he llevado algún disgusto al ver que no podía evitar según qué destinos.
A nivel económico te diría que es como la petanca: de esto no se puede vivir. Pero la verdad es que a nivel emocional me ha compensado. Primero, por el hecho en sí de haber escrito y terminado por fin una historia. Pero, sobre todo, porque cada vez que alguien me dice que le ha gustado, que se lo ha leído en un suspiro, que le ha parecido muy divertido ("adictiva", me dijo un amigo), me estalla el alma.
Por supuesto, trato de disimular porque a mí me han educado como en la Familia Addams, pero mucho me temo que alguna sonrisa se me ha escapado. Luego, al contrario, también es curioso, porque lógicamente no gusta a todo el mundo o no consigue conectar. Cuando recibo una reseña negativa o tibia, aunque la agradezco igual porque son casi hasta más valiosas, me paso la mañana como si hubiera perdido el Madrid.
Me quedo sobre todo con dos momentos: una amiga de juventud que lo descubrió a través de un periódico local, se lo leyó en dos días y me buscó en redes para decírmelo; y mis libreras de toda la vida, amigas de mi familia, a las que me encontré por la calle a sus ochenta y muchos años y les hizo mucha ilusión que les fuera a regalar un ejemplar.
Salario emocional, como en Silicon Valley.
Aunque suene tópico, las mejores ideas se me ocurren en la ducha, pero generalmente las desarrollo durante el paseo nocturno con la perra, en la oscuridad del parque. Cuando estoy más relajado escucho podcasts de misterio, pero cuando las voces de mi cabeza están en ebullición voy desarrollando las tramas.
Generalmente, cuando más trabajo tengo o ahora que tengo exámenes, es cuando mi cabeza huye hacia otras historias y me brinda las mejores ideas.
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